El presidente de Francia dio la primera conferencia tras las protestas del sábado y decretó el estado de emergencia económica y social.

 

 

 

«Francesas y franceses», comenzó Emmanuel Macron su primera cadena nacional tras las fuertes protestas y disturbios de los chalecos amarillos del último sábado. Con voz calma y cara de preocupación, el presidente francés se refirió al enojo de la población y anunció un paquete de medidas económicas para aliviar el malestar de «los trabajadores que no llegan a fin de mes».

Un aumento de 100 euros al salario mínimo -que actualmente ronda los 1.500 euros en Francia-, la quita del impuesto del 7% sobre las jubilaciones para los que cobren menos de 2000 euros mensuales y el pedido a los empresarios para que paguen un bono de fin de año fueron las tres medidas anunciadas para apaciguar el descontento de los chalecos amarillos, un grupo de manifestantes que no se identifican con un interlocutor directo y cuyos reclamos -a veces contradictorios- tienen el apoyo del 70% de los franceses y empezó a prender fuertemente en otros países vecinos.

 

 

El tono del presidente cambió radicalmente desde su paso por Buenos Aires hace diez días, cuando sancionó con firmeza los hechos de violencia de la manifestación del sábado 1 de diciembre y los consideró un motivo de deslegitimación del reclamo de los chalecos amarillos, que se autoconvocaban contra el aumento del impuesto a los combustibles mediante una ecotasa. Por el contrario, esta vez se mostró comprensivo y dijo que los eventos de los últimos sábados «mezclan reivindicaciones legítimas con expresiones inadmisibles de violencia».

Tras repudiar la violencia y el oportunismo de «políticos irresponsables que buscan desestabilizar la república en busca del desorden y la anarquía», Macron insistió en que no hay enojo que justifique la violencia y recordó que instruyó a su gobierno para que tome «las más rigurosas» medidas contra el vandalismo y los ataques a los uniformados.

«No olvido que hay un enojo, una indignación», dijo en un discurso en el que reconoció que hay franceses que no se sienten escuchados. «Y me hago cargo de mi parte de la responsabilidad», agregó. Con una tónica radicalmente contraria a la de diez días atrás, se dirigió a las madres solas que no pueden cuidar de sus hijos y llegar a fin de mes y a los «asalariados que se levantan temprano y regresan tarde para ir a trabajar lejos» y cuyos sueldos tampoco alcanzan.

Evidentemente no bastó que el primer ministro francés haya «suspendido los impuestos que empezaban a regir a principio del año próximo», consideró Macron y decretó «el estado de emergencia económica y social» que dio origen al anuncio del paquete de medidas económicas, pero también de medidas sociales y políticas complementarias. En particular, de la inversión pública en educación, pero también el fin de las cargas tributarias sobre las horas extras a partir de 2019.

 

«Les pido a todos los empleadores que puedan, que paguen un bono de fin de año a sus empleados, bono que no tendrá descuentos, ni impuestos, ni cargas», agregó Macron. Asimismo instó al gobierno y al parlamento a rever la reforma del impuesto a la fortuna para que ayude a la creación de empleo y para que las grandes empresas francesas paguen impuestos en el país e insistió en la necesidad de una «reforma profunda del Estado, del subsidio al desempleo y de la jubilación, es indispensable».

En su alocución, el presidente llamó a la unidad de la sociedad y remarcó que «La legitimidad no me la otorga ningún título, ningún partido, ninguna rosca, sino ustedes», dijo en defensa de su puesto contra los políticos que «buscan desestabilizar la república», agregó sin hacer referencia explícita a los políticos locales de la derecha nacionalista -vinculados a Marie Le Pen-  y también de la izquierda más radicalizada que buscan capitalizar el descontento de la población con la propuesta de extremo centro que llevó a Macron a la presidencia hace 19 meses.